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Un Mundo Desorganizado: Junta de Vigilancia Mundial de la Preparación, Resumen de orientación

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Nunca antes el mundo había recibido con antelación una advertencia tan clara de los peligros que entraña una pandemia devastadora, ni se habían tenido a disposición los conocimientos, los recursos y las técnicas necesarios para hacer frente a una amenaza de ese tipo. Sin embargo, es la primera vez que una pandemia con repercusiones sociales y económicas tan generalizadas y destructivas ocurre en el mundo.

La pandemia de COVID-19 ha evidenciado la incapacidad colectiva para poner en práctica de manera escrupulosa las medidas de prevención, preparación y respuesta ante pandemias, y para darles el carácter prioritario que les corresponde; ha puesto de manifiesto la fragilidad de las economías y los sistemas sociales altamente interconectados, y de la confianza; ha sacado provecho de las grietas que existen en las sociedades y entre las naciones, y las ha acentuado; se ha beneficiado de las desigualdades y ha sido un claro recordatorio de que es imposible contar con seguridad sanitaria si no se dispone de seguridad social. La COVID-19 ha prosperado en un mundo desorganizado.

Durante el siglo pasado tuvieron lugar varios descubrimientos e innovaciones que han mejorado y prolongado la vida de las personas de todo el mundo. No obstante, esos mismos avances también han dado lugar a una vulnerabilidad sin precedentes a los brotes de enfermedades infecciosas que se propagan con rapidez, ya que han impulsado el crecimiento demográfico y la movilidad de la población, han alterado el clima, han aumentado la interdependencia y han generado desigualdad; la destrucción de las pluviselvas tropicales ha facilitado que virus de animales silvestres se propaguen a los seres humanos; hemos creado un mundo en el que una conmoción que se produzca en cualquier lugar puede convertirse en una catástrofe en todas partes; además, la expansión del nacionalismo y el populismo socavan la paz, la prosperidad y la seguridad comunes. Las enfermedades infecciosas se nutren de la desunión, por lo que la división social puede ser mortal.

Tal como la Junta de Vigilancia Mundial de la Preparación observó el año pasado, los agentes patógenos medran en los entornos en los que prevalecen las perturbaciones y la desorganización. Esto ha quedado demostrado con la COVID-19. En los casos en los que se han utilizado suficientes recursos, se ha recurrido a la cooperación y se ha dispuesto una organización adecuada, la epidemia se ha desacelerado; en los casos en los que han prevalecido el desorden, la desunión y la pobreza, la epidemia se ha propagado.

Al tiempo que emitió una advertencia en su primer informe del año pasado, la Junta de Vigilancia Mundial de la Preparación subrayó que los sistemas y la financiación necesarios para detectar las emergencias sanitarias y responder a ellas eran insuficientes. Tal como ha quedado evidenciado con la COVID-19, esos sistemas tienen deficiencias y carecen de recursos en un grado que resulta peligroso. Además, la pandemia ha supuesto un llamamiento a poner en práctica los aspectos humanos de la seguridad sanitaria e impulsar la actuación de las autoridades y los ciudadanos, que resultan fundamentales para poner en marcha actividades enérgicas de preparación y respuesta.

En nuestro informe de este año se destacan el ejercicio responsable del liderazgo y la ciudadanía, así como el hecho de disponer de sistemas y recursos suficientes, como factores clave para el éxito; se hace especial hincapié en el elemento que integra esos cuatro factores en un todo eficaz: los principios y los valores de la gobernanza que aseguran que las decisiones y las medidas adecuadas se adopten en el momento oportuno; se pone de relieve que nadie estará a salvo hasta que todos lo estemos, y se hace un llamamiento a redoblar el compromiso con el multilateralismo, la OMS y el sistema multilateral.

La pandemia dista mucho de haber concluido. Algunos países han sido relativamente exitosos en contener el virus, proteger a sus poblaciones, y salvar millones de vidas. Otros no lo han sido. Aproximadamente un millón de vidas se han perdido debido a la COVID-19. Las devastadoras repercusiones económicas y sociales de la COVID-19 suponen un nuevo recordatorio de lo fundamental que es invertir en actividades de preparación ante pandemias para la seguridad humana, y lo necesario que resulta volver a examinar cómo se gastan los presupuestos de seguridad nacional.

Ya hemos extraído muchas enseñanzas vitales que apuntan a que es necesario adoptar medidas urgentemente si pretendemos llegar a exclamar con convicción «nunca más». Sin embargo, extraer lecciones sin adoptar medidas carece de sentido, y la falta de compromiso constante resulta inútil. Tal como advertimos en nuestro informe anterior, «durante demasiado tiempo hemos permitido que se suceda un ciclo de pánico y abandono en las pandemias: prodigamos esfuerzos cuando surge una amenaza grave y nos olvidamos rápidamente cuando la amenaza remite».

Lo reiteramos: «Ha llegado el momento de actuar». Por ello, en el presente documento ponemos de relieve los compromisos y las medidas que las autoridades y los ciudadanos deben adoptar - con audacia, determinación, celeridad y bríos renovados alentados por la sombría certeza de que la inacción mata.