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Perú: Tragedia en Moquegua y Arequipa: A nueve años del sismo hay quienes viven en módulos

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En Camaná muchos desconocen rutan para evacuar en caso de tsunami

Domingo 28 de marzo de 2010 - 11:41 am

Por: Nelly Luna Amancio

"Yo he visto de cerca la cobardía". Rafael Quintanilla mira el horizonte cuando recuerda cada detalle de lo que ocurrió la tarde del 23 de junio del 2001. La tierra se había sacudido con furia contenida. Luego, el silencio y el polvo. Subió al techo de su casa y vio que el mar se retiraba. Avisó a sus vecinos. Encendió el auto y llevó a su familia a un lugar más alejado, la Panamericana. Podía sacar a más gente, pensó. Y regresó. Pero el mar ya había sepultado casas, chacras y vidas. Fue entonces que conoció la cobardía, dice. Un hombre caminaba como zombi. Era su vecino. "Le pregunté dónde estaban su hermana y sus dos sobrinos, no me respondió". Había escapado solo. "Le dije para regresar y buscar a su hermana y sus hijos, pero no quiso". Temblaba.

El tsunami de Camaná, al oeste de Arequipa, acabó con la vida de 23 personas: la mayoría, niños y ancianos que no lograron escapar de las olas. El Chorro, La Punta y Los Cerrilos fueron las zonas más afectadas. "Me da mucha pena, pero a mí esa vez me tildaron de loco, no me creían cuando les decía que había mucha gente enterrada". Rafael Quintanilla tiene ahora 43 años. Y este mediodía de marzo recorre los mismos lugares en los que nueve años atrás logró desenterrar ocho cuerpos del lodo. "La gente nunca imaginó un tsunami en Camaná, no sabía".

La noche de la tragedia no llegó nadie a esta zona, salvo unos cuantos periodistas. Los bomberos recorrieron los balnearios recién al día siguiente. Todo estaba cubierto de neblina y arena. "Parecía el infierno", recuerda Rafael. Dice que nadie sabía dónde ir, que había mucho temor a las réplicas, que nadie quería volver a su casa, que los ladrones saqueaban lo que quedaba en estas, que muchos buscaban a sus familiares en las acequias porque las aguas del mar los habían alcanzado allí mientras escapaban.

Rafael se detiene en el lugar en el que halló a dos hermanitos. Hasta hace un par de años, en estos campos en los que ahora se cultivan cebollas, los familiares hacían una misa y dejaban arreglos florales. Ya no lo hacen más. Pocos quieren hablar de la tragedia del 23 de junio, aunque esta persista y se delate en decenas de casas abandonadas, destruidas, con sus cadavéricas estructuras rodeadas de escombros. "¿Si ya hemos aprendido la lección? Creo que no, en todo este tiempo no se ha hecho ningún simulacro de tsunami, mucha gente ni siquiera conoce su ruta de evacuación. A las autoridades no les importa". Rafael eleva su voz y deja de mirar al horizonte. Mira a los ojos.

A siete horas de Camaná, en el centro de Moquegua, Melo Francisco también enciende sus ojos al evaluar qué ha cambiado desde el día en que su madre se salvó de ser aplastada por una de las paredes de esa vieja casa de adobe. Nueve años después del terremoto, Melo continúa viviendo en el módulo de madera que le regalaron durante la emergencia, pero ahora sin su madre. Ella murió el año pasado. Los restos del cuarto que se derrumbó forman ahora el desmonte sobre el que florece una planta de algodón.

"Los préstamos del Banco de Materiales se los dieron a todos los que podían justificar ingresos con empleos fijos, pero a los que teníamos cachuelos no nos dieron, recién este año juntaré para construir un cuarto", dice. Solo en la misma cuadra en la que vive Melo hay otras tres casas de adobe destruidas y con desmonte acumulado. El terremoto también persiste en Moquegua.

LA BUROCRACIA DE CAMANÁ

-¿Cómo se enteraría ahora la población de la costa de Camaná de la proximidad de un tsunami?

-Se enteraría por el movimiento de la policía o por la misma compañía de bomberos, mientras tanto no podemos alarmar a la población.

-¿Pero no han pensado en instalar un sistema básico de alerta, con sirenas o altavoces?

- Yo particularmente creo que la alerta se debe dar con la misma policía o los bomberos, lo otro crea una psicosis en la población.

Quien contesta es el arquitecto Jaime Llerena, secretario técnico de Defensa Civil de Camaná. Cuando se le insiste sobre la necesidad de instalar un sistema que alerte o descarte a la población la proximidad de un tsunami, él insiste en que no es necesario, que la gente se dará cuenta cuando vea a la policía y las ambulancias yendo de un lado a otro.

En Arequipa, la jefa de operaciones de la Dirección Regional de Defensa Civil, Anita Arguedas, nos había dicho que Jaime Llerena podía entregar más información sobre el plan de acondicionamiento y zonas de evacuación en caso de tsunamis que el Indeci elaboró con el apoyo de la cooperación internacional y les entregó. Pero de eso Jaime Llerena sabe poco.

"Desde el 2005 no se ha hecho mucho. Se hizo un simulacro de sismo, pero no más. Hicimos un simulacro y la prensa alarmó a la población y eso nos afecta como polo de desarrollo", se excusa, y continúa: "Se supone que la gente que vive frente al mar ya debería saber qué hacer". Es una tarde de marzo y en Camaná, la segunda ciudad más importante de Arequipa, hace un calor inusual. El funcionario está sentado frente a una computadora rodeada de cientos de papeles sin archivar que el viento tira al suelo. No mira a los ojos cuando responde.

"Si el secretario técnico no sabe más detalles, qué te podemos decir nosotros", responde en otra oficina el funcionario encargado de la municipalidad, Ernesto Carnero. El alcalde está de viaje -irónicamente- en una charla sobre prevención de desastres.

El plan del que la funcionaria regional de Indeci habló propone medidas de mitigación y un sistema de alerta para la población que vive cerca al mar en Camaná, pero hasta el momento las autoridades provinciales y distritales no lo implementan y los pobladores ni siquiera lo conocen.

MOQUEGUA: EL TIEMPO NO PASA

De Moquegua se suele hablar poco en Lima. Aplastada por la poderosa Arequipa y la Tacna limítrofe y patriótica, es poco lo que de ella se menciona en los medios de la capital. La casualidad quiso, además, que ese 23 de junio del 2001 el terremoto que la afectó junto con Arequipa pasara a un segundo plano por la captura del entonces prófugo Vladimiro Montesinos.

Nueve años después del terremoto, un recorrido por la capital de esta región permite constatar que también aquí el desorden y la pobreza han hecho una alianza cruel. Paraíso. Las Vegas. Pequeña Roma. Sus nombres parecen una pésima ironía. Son los nuevos asentamientos humanos que se formaron con los damnificados del sismo, pero también con los migrantes. Su orden es el desorden de un campamento minero: las casas están salpicadas sobre los cerros de tierra arcillosa, en quebradas inseguras.

A unas cuadras está el colegio inicial San Antonio de Padua, que con el remezón se vino abajo y que luego fue reconstruido. Ahora sus cimientos -parece una perversa broma- han vuelto a resquebrajarse porque esta vez tampoco se analizó la calidad de los suelos. "¡Lo reconstruyeron después del terremoto! ¡Es increíble!". Jorge Kosaka mueve la cabeza. El geólogo no entiende cómo el Estado puede construir tan mal, sin siquiera hacer un estudio de suelos. "Se supone que los centros de salud y los colegios deberían estar construidos para resistir. ¿Cómo se puede invertir en la reconstrucción y hacerlo mal?".

VULNERABILIDAD COMPARTIDA

Los barrios de Alto Selva Alegre, Miraflores y Mariano Melgar están separados -o unidos- por las faldas del Misti. El frenético crecimiento arequipeño encuentra en estas zonas su rostro más vulnerable: las familias estabilizan el terreno con piedras y luego lo rellenan con cemento, mezclan el sillar con ladrillos y bloquetas de cemento. Los nuevos asentamientos trepan cada vez más arriba y otros -como en Paucarpata- se instalan a los costados de las torrenteras.

-Miren, los nuevos barrios de Arequipa se construyen sobre lo que fue lava volcánica.

El geólogo Jorge Kosaka muestra una foto tomada en 1950. Arequipa era una pequeña ciudad y en los alrededores solo había chacras. Sobre esa lava seca que muestra Kosaka se expande Arequipa hoy. "Por falta de planificación la gente construye donde sea. Las autoridades no fiscalizan, ni en Arequipa, ni en Moquegua parecen haber aprendido algo de los terremotos, creen que ya pasó, pero todo indica que habrá un gran terremoto al sur de Ilo, ese es el que estamos esperando", dice.

El 15 de agosto del 2007, mientras Víctor Muchaypiña celebraba con sus vecinos los 10 años de la urbanización Quinta Estrella de Cajuca, en la que habían sido reubicadas varias de las familias damnificadas por el terremoto de 1996, la tierra volvió a temblar. El pánico volvió, pero esta vez sus casas resistieron. "Fueron construidas como debe ser, nos asesoraron ingenieros civiles", dice Muchaypiña, el dirigente barrial cuya actual preocupación es una invasión que ha tomado la zona destinada a áreas verdes. El gran error de las reconstrucciones -concluye Kosaka- es otra vez la ausencia de apoyo técnico y la nula fiscalización.