En Oaxaca, la recuperación del terremoto la pone la gente

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from Inter Press Service
Published on 18 Sep 2017 View Original

JUCHITÁN, México , 18 sep 2017 (IPS) - El termómetro supera los 35 grados y nadie deja de trabajar. Entre vecinos y amigos quitan escombros de las casas. De las casas, principalmente las de paredes de adobe y tejaván (techo precario), lo que queda son ladrillos y los enormes palos que las sostenían.

En los altavoces o altoparlantes en zapoteco o español se escuchan los avisos, a veces para alertar sobre la seguridad, a veces sobre los apoyos que llegan y también para censar.

Han pasado pocos días del terremoto del 7 de septiembre que devastó los pueblos del istmo de Tehuantepec y las calles lucen llenas de piedras. Son días que parecen cientos. Las réplicas sísmicas son constantes. Algunos lagrimean antes de ver pulverizar su casa por una maquinaria, y otros con un letrero avisan donde los encontraran, pues con el desastre se fueron a los albergues o con un familiar.

Las mujeres han tomado el sostén de las casas. Ellas, las que perdieron sus cocinas donde elaboraban sus totopos (trozos de tortilla de maíz crujientes), su pescado o su comida.

“Quién sabe cuántos kilos ya bajamos, la gente está muy nerviosa y ansiosa, dormimos pocas horas, se ha vuelto difícil todo; los apoyos que llegan de no sé dónde, pero aquí están, desde tamales hasta atole, despensas y ropa, la gente ha sido muy generosa”, dice una mujer en Juchitán, una ciudad del sureste del sureño estado de Oaxaca.

Según las autoridades de Oaxaca, el terremoto del 7 de septiembre dejó 76 personas muertas, más de 800.000 afectados y 12.000 viviendas dañadas, 200 caminos afectados y más de la mitad de las escuelas istmeñas en malas condiciones.

A la casa de Crimilda Marcelina, una abuela de 70 años, la ayuda aún no llega. Su hogar se cayó totalmente y ella solo pudo recuperar una fotografía de su esposo, ese es su consuelo. En plena calle montó una carpa que le prestó un vecino y de ahí observa como los apoyos llegan y la gente corre a recogerlos. Ella no puede: la noche del jueves se cayó y el raspón que le cubre la rodilla aún le duele. Pero lo que más le duele es la falta de atención de sus autoridades.

“Gloria Sánchez (alcaldesa de Juchitán), (José) Murat (gobernador de Oaxaca) y (el presidente Enrique) Peña Nieto anduvieron cerca de mi casa y no pasaron. Aquí los estoy esperando, ya llevo una semana así y no recibo nada de ellos. De los muchachos sí, andan de Chahuites, de Matías, de Lagunas, profesores de la (sindical) Sección 22, amigos y familiares, ellos me dan un bocado, hasta para vestirme, mi vecina fue la que me prestó enagua y huipil (típica blusa de algodón adornada)”, dice la mujer.

La fe es el consuelo de Crimilda. Mira a sus nietos que corren de un lado a otro de la calle y da gracias a Dios de que están vivos: “Lo material luego regresa” dice. Aunque luego vuelve a lamentar: “Pero duele, yo no creo volver a construir mi casa, ¡es mucho dinero!”

El presidente al que espera esta abuela llegó el jueves 14 a la zona de desastre y dio un mensaje a los reporteros: “Si bien es importante que recojan los testimonios, les pido que se incorporen a esta labor de solidaridad y generar mayor conciencia de los daños y afectaciones que hay en Oaxaca y Chiapas (el otro y vecino estado afectado). Más que volvernos señaladores o críticos de lo que falta, seamos parte de la solución. Estamos llamados todos a responder”.

Quién sabe qué quiso decir el mandatario mexicano, lo que es real es que la sociedad civil ha rebasado a las autoridades de los tres niveles en la entrega de apoyos a los afectados por el terremoto.

La gente dona y se solidariza ante esta tragedia. En cambio, la falta de organización de las autoridades es un reflejo de la ausencia y los apoyos de estos llegan a cuentagotas.

Son cientos de voluntarios, hombres y mujeres, que recorren las calles ayudando; los hay migrantes centroamericanos, también profesores de la sección 22, empresas eólicas, poetas, escritores, amas de casa, comerciantes, estudiantes, médicos; los hay de todos lados, aquellos que hablan acentos norteños y en otros idiomas, y que llegan de todas partes del país.

El pintor Francisco Toledo ha promovido cocinas comunitarias para que la gente desayune o coma. Un grupo colaboró con las labores de limpieza durante una semana, se fueron de Juchitán y llegaron otros llegan. La comunidad muxe (persona con genitales masculinos y comportamientos femeninos) y transexual también ha contribuido a las labores de limpieza, sus casas también resultaron afectadas.

Este terremoto ha enlazado las amistades y fortalecido las hermandades: estudiantes de la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México, con sede en Ciudad de México) construyen y capacitan a los damnificados para construir yurtas (refugios propios de los nómadas) y que tengan cobijos temporales en comunidades como Ixtaltepec y Juchitán.

También organizaciones sociales, como Código DH, Derechos Humanos Tepeyac que encabeza el obispo emérito católico de Tehuantepec, Arturo Lona Reyes, y muchas más, colaboran para dar alimentos y víveres a las familias de San Mateo del Mar, Unión Hidalgo, Tehuantepec, San Blas Atempa.

“Estamos juntando despensas y ayudando a la gente, la casa de mis familiares se cayó, les hemos ayudado a limpiar, sacar los escombros, es triste todo; también los hemos acompañado en los entierros, no es fácil, vivimos tristes porque lo perdimos todo, pero mucha gente nos ha ayudado, las familias no están solas”, explica Jhon Paul Michell, integrante de la comunidad muxe en Unión Hidalgo.

“Al mar hay que tenerle respeto”

Mientras teje su red de pesca en medio de su gran patio, Heriberto Pineda Noriega, de 57 años, no deja de mirar su casa, su única propiedad, herencia de sus padres del cual solo recordará hermosas vivencias, porque quedó destruida la noche del 7 de septiembre cuando un gran trueno se escuchó del mar. Era el terremoto de 8,2 grados.

El temor de una réplica mayor y la alerta del tsunami causó éxodo entre las más de 200 familias de Huamuchil, en San Dionisio del Mar, quienes abandonaron sus hogares y se refugiaron por tres días en cerros y otros más en comunidades vecinas como Cerro Iguana, Cazadero, La Blanca y Niltepec.

“¡Todos volvimos a nacer!, y el que no lo entienda de verdad que no tiene sentimientos, porque estamos vivos para contar esta gran tragedia”, dice el pescador.

El día 7, cuando del mar se escuchó un trueno, los pescadores sacaron a sus familias de la comunidad, llegaron los marinos y les dijeron que un tsunami podría tragarlos. No tuvieron otra opción que huir.

Desde el lunes 11 las familias han regresado poco a poco a observar como el gran sismo dejó sus hogares. Algunos lloran de alegría por estar vivos y otros de tristeza por perderlo todo.

“Esa noche mi casa se destruyó pero le salve la vida a mi hermana, abrazados fuertes nos salimos y caminamos junto con todo el pueblo hacia la carretera, sin luz eléctrica y solo una lámpara que nos guiaba llegamos a Cerro Iguana, en donde amigos y familiares nos dieron asilo y comida”, explica el pescador.

En este pueblo de la etnia ikotjs, 100 por ciento de los pobladores se dedica a la pesca; sin embargo, desde el 7 de septiembre no han querido tocar sus redes y tampoco sus lanchas, que reposan a la orilla de la playa.

Las mujeres huaves, como también se llama a los pertenecientes del pueblo Ikotjs que habitan en el Istmo de Tehuantepec, organizaron una cocina comunitaria en donde preparan sus guisos y los comparten con todos.

“Aquí vienen a comer todos, los que se les cayeron sus casas y los que no, no hay distinción de partido político y nos hemos vuelto una familia, celebramos con comida que estamos vivos, y eso es más que suficiente”, dice el agente suplente, Sadiel Cruz López.

– ¿Y la pesca, cuando regresan?

– Ay mija -suspira Heriberto- aún no tenemos pensado eso. Con el mar no se juega y estamos esperando que se tranquilice, por lo pronto estamos comiendo lo que nos dan de la cocina comunitaria y de los víveres que nos llegan. Al mar hay que tener respeto.

Donaciana Rivera Lerdo tiene 88 años. De sus labios apenas y salen las palabras. Sentada en su triciclo, porque no puede caminar, suspira y relata que para ella escuchar el gran retumbo que salió del mar, era el fin del mundo: “Eso que vivimos quien sabe cómo lo pudimos aguantar, mi hijo Bruno me sacó de la casa, me cargó y me llevó al patio, toda mi casa se derrumbó, perdí mis cosas, y de ahí nos fuimos a Cazadero, allá nos quedamos dos días, ya regresamos y vimos que esto fue una gran desgracia”.

Bruno es el único familiar de Donaciana. Desde la noche del terremoto está estresado, vive tenso y ansioso. “Nos dicen que no va a volver a temblar, pero eso quién sabe, aquí pasan los marinos nos dan una cobija y una despensa y se van, las cosas no serán fáciles de ahora en adelante, la vida ha cambiado, es más difícil”, relata.

Donaciana y Bruno acuden al comedor, donde las mujeres se organizan a temprana hora para hacer el desayuno y después la comida. En la cena ofrecen café y pan.

La cocina ha sido el punto de reunión del pueblo, donde los huaves hablan de sus vivencias, de las réplicas, de lo nerviosos que viven, de las escuelas, de sus hijos y de la importancia de vivir en unidad.

Mientras termina de tejer su red, Heriberto reconoce que la vida en su pueblo y en sus casas tardará en recuperarse, el patrimonio se perdió pero no las historias. “En mi casa nací y crecí, ahora solo los recuerdos, tengo fe que algún día la construiré de nuevo, no sé cuándo. Mientras tanto viviré”.

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Este artículo fue originalmente publicado por Pie de Página, un proyecto de Periodistas de a Pie. IPS-Inter Press Service tiene un acuerdo especial con Periodistas de a Pie para la difusión de sus materiales.