Iraq

Nueva receta Bush para Iraq: paciencia

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Atendiendo a la seriedad de la situación por la que pasa Iraq- un año después de que se hubiera producido el relevo de poder, desde las manos de la Autoridad Provisional de la Coalición a las más débiles de los dirigentes iraquíes bendecidos por Washington- no deja de resultar preocupante la resistencia de los principales representantes de la administración estadounidense a asumir que su estrategia ni está sirviendo para defender adecuadamente sus intereses en el país ni, mucho menos, para mejorar las condiciones de vida de los propios iraquíes. Aunque se puedan identificar ciertos matices en sus declaraciones p=FAblicas, el equipo del presidente Bush sigue empeñado en la idoneidad de la campaña realizada contra Iraq, como su mejor vía para fomentar la democracia en el mundo y para enfrentarse al terrorismo internacional.
Por un lado el responsable de Defensa, Donald Rumsfeld ya se atreve a reconocer que no hay posibilidad de victoria militar en las condiciones actuales, y hasta deja entrever que se está desarrollando un diálogo más o menos directo con algunos líderes de la insurgencia. Por otro, el vicepresidente Dic Cheney, en contra de todas las evidencias, se empeña en convencer a la opinión p=FAblica de que esa insurgencia se está desmoronando a gran velocidad y que, en consecuencia, la victoria está próxima. Por encima de ellos, el ahora no tan fortalecido presidente Bush se ve obligado a reconocer "ciertos contratiempos" y a demandar paciencia. Una petición dirigida a su propia opinión p=FAblica (que ya casi en un 60% muestra su deseo de retirada), a los iraquíes (poco sensibles, en general, a los mensajes de quienes siguen percibiendo como ocupantes que no han traído ni más seguridad ni más bienestar a sus vidas), y a la comunidad internacional (intentando convencer a sus cada menos animosos compañeros de viaje en esta desventura de que mantengan sus tropas en el país y refuercen su ayuda, también económica, para una reconstrucción que no hace más que retardarse indefinidamente).

Al margen de las forzadas declaraciones oficiales de quienes se juegan mucho en el envite de una campaña mal argumentada y mal desarrollada, no resulta fácil saber si es más grave la ceguera de unos Estados Unidos empeñados en una vía sin salida, o el crecimiento imparable de la inseguridad en el país. Ambas cuestiones están inextricablemente ligadas. Cuanto más empeño muestre Washington en apostar por la fuerza, más alimentará a los variados grupos violentos (que, a pesar de la demostrada presencia de elementos extranjeros, se alimentan básicamente de ciudadanos iraquíes). Pero al mismo tiempo, Bush sabe que, aunque ahora lo deseara, no puede anunciar una retirada. En primer lugar, porque no fue ésa la idea con la que se decidió lanzar la campaña contra Sadam Husein. El objetivo, cabe reiterarlo una vez más, es mantenerse en Iraq por largo tiempo; el suficiente para garantizar el control de un país importante en los planes de dominio de Oriente Medio. Pero es que, además, un anuncio de ese tipo no sólo sería una llamada directa a incrementar la violencia entre los distintos actores internos implicados hoy en la lucha por el poder (apuntando directamente a una guerra civil), sino que sería interpretado (al margen de que no fuera así en realidad) como una victoria de los terroristas, con Al Qaeda a la cabeza, que, a buen seguro, alimentaría nuevos atentados y nuevos focos de conflicto en otros rincones del planeta.

Para salir de esta endiablada dinámica (en la que, no lo olvidemos, Washington entró tan ilegal como equivocadamente, en función de sus propios planteamientos) la receta que el presidente Bush propone, y que sus subordinados civiles y militares respaldan, parece ya definida. Se asume, por una parte, que las tropas en presencia no son suficientes para imponer un control efectivo de la situación (y no cabe aumentarlas, tanto por el coste político que supondría como por el hecho de que las fuerzas armadas están sufriendo ya problemas de un reclutamiento escaso para cubrir sus necesidades actuales). Se asume asimismo que, aunque la comunidad internacional dedicara más fondos de ayuda a corto plazo (algo impensable, por otra parte, tal como nos muestra la experiencia acumulada tras la conferencia de donantes de Madrid, en octubre de 2003), no sería posible mejorar significativamente el nivel de bienestar de los iraquíes, como fórmula de ganar su apoyo o al menos su comprensión. Los datos son muy recientes y sobradamente elocuentes: 12.700 civiles iraquíes muertos en este =FAltimo año (frente a 4.000 en el anterior); una producción eléctrica de 4.000 megavatios (frente a unas promesas de 6.000 para julio de 2004, y por debajo incluso de los 4.300 de junio de 2004),) una tasa de desempleo que ronda el 40% (igual que un año antes), una producción petrolífera de 2,2 millones de barriles diarios (inferior a los 3 millones de junio de 2004 y también de los 2,5 registrados cuando se inició la campaña militar en marzo de 2003).

En definitiva, no queda más remedio que apelar a la ya mencionada paciencia, esperando que el tiempo permita pasar esta difícil etapa y ofrecer mejores resultados en el futuro. Un futuro que, para presentar un perfil más optimista, necesita que se cumplan tres condiciones. La primera es que los soldados estadounidenses dejen de exponerse tanto al fuego enemigo, dado que el incremento de las bajas propias (ya por encima de los 1.700 fallecidos y los 12.000 heridos) en los setenta actos violentos que se están produciendo ahora de media en el país, comienza a tener efectos negativos para el propio Bush y su partido. La segunda, mucho más difícil de llevar a la práctica, es lograr que los ahora crecidos líderes chiíes acepten retocar el modelo de poder para dar cabida a los sunníes, implicándolos así en un intento por reducir la actividad violenta de los grupos que tantos dolores de cabeza están produciendo a las fuerzas estadounidenses y al débil gobierno de Ibrahim Al Yafari. La tercera, y tanto o más compleja que la anterior, es conseguir que la seguridad del país recaiga directamente en las fuerzas armadas y de seguridad iraquíes. Washington sostiene que ya hay unos 169.000 hombres en armas, sumando el variopinto conjunto de fuerzas existentes; pero lo importante, como es obvio, no es su n=FAmero sino su operatividad y, en ese sentido, no parece que haya ahora mismo más de dos batallones iraquíes con capacidad autónoma de combate.

=BFCabe imaginar hoy que todos los actores implicados en el conflicto iraquí están dispuestos a aceptar la recomendación del mandatario estadounidense?

Jes=FAs A. N=FAñez Villaverde - Director del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH, Madrid)