Los desastres en la era de la información o la información en la era de los desastres

La temporada de huracanes y tormentas tropicales en el Caribe y Centroamérica está siendo especialmente virulenta. Ahora mismo, el Stan y su ola de destrucción sobre Guatemala, Honduras, Nicaragua, México y El Salvador nos está recordando el gran desastre que supuso el Mitch , hace ya siete años, y del que el subcontinente aún no se había recuperado del todo. La terrible coincidencia con el terremoto que ha afectado Cachemira, tanto en Pakistán como en la India , nos vuelve a recordar los riesgos del mundo en que nos ha tocado vivir. La evidencia de que estos desastres, en regiones de elevada vulnerabilidad estructural, son algo lamentablemente crónico se refuerza y la convicción de que hay que invertir más en tareas de preparación ante desastres y prevención parece más clara.
Por ello, la presentación esta semana en Ginebra del Informe Mundial de Desastres 2005, que anualmente edita la Federación Internacional de Sociedades de Cruz Roja y Media Luna Roja, no puede ser más oportuna. En esta ocasión, el Informe está dedicado al papel de la información y de los medios de comunicación en todo el ciclo de los desastres. "La gente necesita información, tanto como agua, alimentos o cobijo. La información puede salvar vidas", ésta es la premisa de base de la que parte todo el Informe.

La relación entre los medios de comunicación y las organizaciones humanitarias es algo muy antiguo y nadie duda de la importancia de los medios para generar una positiva respuesta solidaria internacional. Pero nunca como hasta ahora se había puesto de manifiesto de modo tan completo la relevancia de la información, de todo tipo de información, en todas las fases de los desastres: desde las tareas de preparación previas a la ocurrencia de las catástrofes, hasta la comunicación como vehículo de organización social en las comunidades afectadas, pasando por la difusión en tiempo real a todo el mundo del impacto del desastre. Información tanto sobre el terreno, para que los afectados puedan conocer los efectos de los desastres y saber qué hacer, como a escala internacional, para que la solidaridad internacional se movilice de modo eficaz y no sobre la base de estereotipos, imágenes truculentas o mero sensacionalismo, que generan a corto plazo respuestas compulsivas, pero poco más.

Como dice el Informe, la información es, en primer lugar, un derecho que confiere poder y tal vez sea la única tarea en previsión de desastres que puedan permitirse las personas vulnerables. Una información adecuada ayuda a comprender las necesidades y el tipo de intervención que hace falta. Una información errónea, por el contrario, puede dar lugar a intervenciones inadecuadas e incluso peligrosas. Por eso se aboga por una información compartida y contrastada entre las diversas agencias de ayuda, no gubernamentales y gubernamentales, y trasmitida a las poblaciones afectadas. No un uso mezquino de la información, que hace que algunos organismos humanitarios recaben y usen la información para sus propias necesidades, pero no como herramienta para una respuesta más coordinada y eficaz. El Informe incluye tanto casos positivos, en los que la información circuló de modo transparente entre las organizaciones humanitarias y la población, como otros menos optimistas. Entre estos últimos recoge, por ejemplo, como sólo una cuarta parte de los 200 organismos supuestamente humanitarios presentes en Aceh, Indonesia, tras el tsunami , enviaron informes a los coordinadores de Naciones Unidas con datos que hubieran sido de gran utilidad para el conjunto de la respuesta a esta tragedia.

La alerta temprana, basada en informaciones precisas, es el mejor ejemplo de cómo la comunicación puede salvar vidas. El Informe destaca el caso de Cuba, donde la gente tiene una buena preparación en previsión de desastres y, gracias a ello, el número de muertos en huracanes es menor que el de países vecinos. Las comunidades vulnerables en aquel país, saben qué hacer y dónde ir y entienden y cumplen las alertas que dan los especialistas. Si la información científica, como ocurrió en el tsunami , no es procesada y trasmitida a las comunidades de poco sirve ante la tragedia. Si no se acompaña, además, de orientaciones concretas y prácticas, puede generar más confusión.

A escala local, los medios de comunicación baratos, como la radio, han demostrado ser de gran utilidad. En Afganistán, por ejemplo, la BBC produce una radionovela orientada a cambiar el comportamiento de la población en relación a las minas terrestres y las enfermedades infecciosas.

Por último, el Informe desarrolla la cuestión del papel de los medios de los países desarrollados en la cobertura, o falta de cobertura, de las llamadas emergencias olvidadas, tratando de buscar su apoyo para paliar este olvido. La atención a una crisis hace olvidar otras y la prensa debe ser consciente de su responsabilidad.

Medios de comunicación y organizaciones humanitarias están condenados a entenderse y eso a veces no resulta fácil, pero en una era en que la información ha aumentado enormemente su capacidad de incidencia en la población, están obligados a hacer más esfuerzos para mejorar esa relación. Y contribuir, todos juntos, a disminuir el sufrimiento de la población afectada por los desastres.

Comentarios: francisco.rey@telefonica.net

Francisco Rey Marcos
Analista del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH)