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Colombianos desplazados luchan por sobrevivir en la ciudad

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BOGOTÁ, Colombia, 11 de enero (ACNUR) - Luz María nació y creció en una zona rural de Colombia. Trabajaba codo a codo con su marido Brandon para sacar adelante la finca cuando de repente hace diez años un grupo armado vino a establecerse en la región.

Como ya les había occurido a tantos campesinos y les ocurriría después a muchos otros, Luz María y Brandon perdieron la batalla y para ganarse la vida hoy tienen que luchar en Medellín, la ciudad del noroeste de Colombia en la que se refugiaron en 2002. Aproximadamente el 80 por ciento de los tres millones de desplazados internos que hay en el país viven en aldeas y ciudades.

Ser campesinos no era fácil, pero Luz María y Brandon habían nacido en el departamento de Antioquía y llevaban una vida relativamente tranquila: tenían cinco hijos, criaban pollos y vacas lecheras, cultivaban frutas y verduras.

Un día la comandante de un grupo armado ilegal se presentó en su casa para exigirles que se fueran. Fue el comienzo de dos años de acosos que culminaron en 2002, cuando el grupo armado amenazó directamente a los hijos de la pareja.

"Sabíamos que al final íbamos a tener que dejar la finca, pero habíamos nacido en el campo y esa vida nos gustaba", explica Luz María al ACNUR por teléfono desde Medellín. "Para nosotros los problemas más grandes eran no saber adónde ir y tener que abandonar todo lo nuestro".

Se escaparon hacia Medellín, la capital de Antioquía, donde terminaron instalándose en un barro de invasión con más de 12.500 pobladores, casi todos desplazados por la fuerza. En este asentamiento, una extensión de madera, plástico y chapas de zinc, no hay ni agua potable, ni electricidad ni consultorio médico.

Al principio la vida fue muy dura y con los años las cosas no han mejorado demasiado. Surgieron muchos problemas nuevos. "Mudarse a la ciudad supuso un cambio radical", explica Luz María. "ésta es una jungla de asfalto en la que no se cultiva nada."

Otra cuestión agobiante es la inseguridad del barrio. "Ya no estamos rodeados por grupos armados, pero no podemos sentirnos seguros. No puedo alejarme de mi casa ni un minuto porque podrían venir a robar. Mis hijos ya no son libres de salir a jugar como hacían en el campo. Hay mucha droga entre los adolescentes y tengo miedo de que los asalten o algo peor... Aquí la semana pasada asesinaron a un niñita".

Lo que más la preocupa es la seguridad de su hija Sara, que con 21 años ayuda a la familia trabajando en una guardería y quiere ser maestra. "Pero en el barrio dicen que es demasiado orgullosa y hay quien haría cualquier cosa con tal de humillarla".

Mientras tanto, Brandon comienza a perder la vista y a tener problemas para encontrar trabajo. No poder ganar lo necesario para mantener a los suyos lo pone de muy mal humor.

Pese a todos los contratiempos, Luz María insiste en ver el lado positivo de las cosas y sigue luchando para que la situación familiar mejore. Por eso ha decidido participar en un programa de generación de ingresos del ACNUR cuyo objetivo es lograr la autosuficiencia económica de los desplazados. Al mismo tiempo el ACNUR trabaja con las autoridades locales para promover y facilitar la integración de los desplazados en las comunidades de acogida.

Gracias a un curso financiado por el ACNUR Luz María aprendió peluquería y hoy tiene su proprio negocio. Se llama "Estilo e Imagen" y funciona en la =FAnica habitación que hay en la casa. "No gano mucho, pero es mejor que nada", admite. También hace solteritas con crema que Brandon vende en los barrios ricos de Medellín.

Luz María mantiene alta la moral de la familia con el ejemplo pero ha casi abandonado la esperanza de volver a la vida de antes: "Nuestra casa está derruida y en ese terreno tan fértil hoy no hay más que malezas y matorrales. Nos harían falta como 15 millones de pesos (US$7.000) para arreglarlo. Pensar que éramos tan felices y ahora tenemos que resignarnos a lo que la vida nos ofrece aquí".

Por Cristina Villareal

En Bogotá, Colombia