Cicatrices que construyen paz

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from UN Verification Mission in Colombia
Published on 11 Apr 2019 View Original

Provenientes de distintos lugares en el sur de Colombia van llegando en grupo, ataviadas con sacos, gorros, guantes, pues muchas no están acostumbradas al frío. En sus ojos se ve una mezcla de emoción, expectativa y algo de temor. Desde orillas distintas, estas mujeres han vivido la crudeza de la violencia en el conflicto armado.

Se organizan en dos grupos. Se saludan, se abrazan entre ellas, algunas son viejas conocidas en el camino de la reconstrucción de sus vidas luego de haber sobrevivido a distintas formas de violencia. Cada historia es un mundo, pero todos estos mundos se cruzan con elementos comunes.

Las que aún no se conocen se presentan, hablan de sus anhelos, luchas y expectativas. Poco a poco van tomando confianza y reuniendo valor para vivir un encuentro antes jamás pensado. Al final de la tarde, de manera espontánea, el grupo de integrantes de la Mesa Departamental de Victimas deciden ir a la sala en la que está reunido el otro grupo, compuesto por mujeres que el pasado fueron parte de la guerrilla de las FARC-EP.

Con cantos interpretados por ellas mismas, aún sin hablar se reúnen a bailar. La música funciona como un bálsamo para los dolores y temores. Finalmente, todas se dejan contagiar por la alegría y se turnan para interpretar música de sus regiones. Inicia así un encuentro de 3 días en el que 40 mujeres afectadas todas de una forma u otra por la violencia, llevarán a cabo un proceso de sanación, encuentro y perdón.

Transcurre el segundo día y todas están trabajando detalladamente en un dibujo de ellas mismas. Retratan en cada silueta sus sentimientos, heridas, esperanzas. Luego, alrededor del fuego conversan y comparten sus historias de dolor y resiliencia. El llanto es difícil de contener, pero sirve para limpiar el alma. Hablar de lo sucedido, ser escuchada por otras en silencio solidario es una forma de soltar el pasado. Saber que otras mujeres pasaron por lo mismo ayuda a aliviar la carga. No están solas finalmente.

En ambos salones se escuchan historias similares. El conflicto armado atravesó la vida de todas y dejó secuelas en algunas físicas, en otras más emocionales.

Llega el momento de reunirse de nuevo. En la pared del salón están expuestas todas las siluetas dibujadas, sin nombres ni rostros, todas con dolores similares. Cada mujer puede ver y leer el dolor de las otras y en un acto simbólico, todas se disponen a escribir mensajes de aliento sobre las siluetas que están viendo: “Vendrán mejores días, confía en Dios. Eres una mujer muy fuerte”; “sonríele a la vida, desde que tengamos vida, aún queda mucho por hacer”; “perseverancia y resiliencia”; “Cambia el dolor por agradecimiento, el mundo quiere descubrir todo tu potencial”; “no dejes que los malos momentos te roben la paz, sonríe”; “siempre habrá un motivo para ser feliz, las mujeres somos más que una cara” ; “Luz para seguir, para vivir, para tener esperanza”… “que esas cicatrices sirvan para construir paz” , son algunos de los mensajes que ahora se ven sobre las heridas dibujadas en las siluetas.

Se ven también abrazos de consuelo y entre todas prestan pañuelos para secar el dolor de la cara.

Al finalizar, las participantes comparten algunas reflexiones. “Mirando los demás dibujos nos damos cuenta de que compartimos muchos dolores”, dice una de ellas. “El cuerpo ayuda a contar nuestra historia”, afirma otra.

Ahora cada una pinta una vasija de barro. Paisajes, mensajes positivos, muchos colores y detalles se ven en cada pieza. Trabajan con mucha dedicación y con gran detalle. Dejan una parte de si en cada artesanía. Ha pasado otro día y dejan sus vasijas secando durante la noche.

Llega el tercer día y se termina el tiempo del encuentro. En una mandala, cada grupo hace una ofrenda. Intercambian flores, vasijas, mensajes de perdón y abrazos solidarios y reconciliadores. Entusiasmadas expresan su gratitud por el espacio y se comprometen a promover más encuentros similares.

Entre abrazos, música y sonrisas culmina este primer Encuentro de Mujeres , mi cuerpo, territorio de paz, con el que se favoreció un escenario de reconocimiento entre grupos de mujeres que han sido afectadas por el conflicto, se avanzó en un proceso de atención psicosocial posibilitando convertir el reencuentro en un verdadero proceso de reconciliación y se dio un primer paso en el trabajo conjunto entre ellas, reconociendo su rol transformador y promotor de una cultura de paz. Ya no se ven más dos grupos en la sala. Ahora son un solo grupo de mujeres unidas por la solidaridad y decididas a trabajar juntas para escribir una nueva historia.