Agresiones a un refugio de campesinos II

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from Instituto Popular de Capacitación
Published on 12 Sep 2013 View Original

*Los nombres de algunas personas fueron cambiados para proteger su identidad

Cuando entro al refugio humanitario en el Coliseo de Barbosa y observo centenares de carpas, tan cerca las unas de las otras que apenas dejan espacio para caminar, me pregunto ¿cómo el ESMAD de la policía pudo atacar un lugar así? Más aún, sabiendo que por la cantidad de personas, unas 4 mil muchas de ellas niños, no habría suficiente espacio para huir a los efectos de los gases lacrimógenos dadas las condiciones del lugar.

Caminando por los senderos del escenario deportivo se puede apreciar que las canchas, incluido el gimnasio callejero, están colmadas de cambuchos y tiendas de acampar. Cualquier espacio es bien aprovechado e incluso las personas arman carpas en los descansos de las escalas o cuelgan hamacas de las paredes y mayas que rodean el lugar. Por todas partes se ven arrumes de colchonetas, cobijas, cajas y bolsas con ropa o pertenencias de los labriegos.

Aquí, hay mujeres, niños y adultos mayores. Hay campesinos que cansados de sufrir el abandono del Estado, se unieron al Paro Nacional Agrario, Minero y Popular, exigiendo mejores condiciones de vida para la población rural. Por eso, resulta indignante para ellos la agresión de la fuerza pública, el pasado 29 de agosto, al refugio humanitario de Barbosa, en Antioquia.

Breve relato de un remediano

Lexi* es un campesino de Remedios en el Nordeste de Antioquia. Viene de la vereda El Carrizal, donde cultiva la tierra para el sustento propio y trabaja en minas de oro para suplir los gastos del hogar. Moreno, de estatura baja, facciones gruesas y nariz achatada, el labriego comienza su relato hablando con voz gruesa y de manera pausada:

El día que ingresó el ESMAD, me recuerdo que yo estaba aquí con los niños, cuidando, pendiente de la gente, cuando empezaron a tirar gases y todo eso. Un compañero y yo salimos a decirles que no tiraran gases para acá porque había niños, que esto era el campamento de refugio humanitario, pero nos respondieron con piedras y gases hacia adentro.

Yo casi me desmayo, por aquí pasé corriendo casi desmayado, me echaron leche en la cara y vinagre -para disminuir el efecto de los gases-. Hubo niños, muchos desmayados, enfermos. De aquí se llevaron un poco de gente para el hospital, más los heridos por balas que no sé por qué la fuerza pública utiliza las armas de fuego contra el pueblo, porque es contra el pueblo, o sea si vinieran la guerrilla o los paramilitares u otro grupo a pelear con armas, pues pueden utilizar sus armas, pero nosotros somos el pueblo que venimos a exigir ¿por qué nos tiran con armas de fuego? Eso para mí es terrorismo.

Si hubiera visto los niños y las mujeres llorando y gritando; por aquí para arriba subían gritando, casi desmayados con ese gas, asustados. Las mujeres que estaban cocinando, las personas que estaban aquí encargadas de cuidar, llorando. Esa cancha la llenaron de humo, todo esto fue algo caótico y lo más triste de todo era que realmente la manifestación estaba al lado de allá, contra la tanqueta, y ellos tirándonos gas aquí a nosotros.

La llegada al refugio

El tiempo en el refugio humanitario de Barbosa, parece transcurrir de manera lenta. Posiblemente carga la esencia del campo, donde la naturaleza obliga a esperar y sobrevivir se vuelve un asunto de paciencia. Pero aquí, también incide la determinación de los labriegos de permanecer concentrados, sin afán, hasta que el Gobierno les brinde soluciones.

Al menos esa es la determinación de Blu*, un líder comunitario de la vereda Carrizal de Remedios, quien está vestido completamente de blanco, tal vez por su labor en el refugio ayudando a cuidar enfermos en el puesto de salud. Hablando de manera cordial pero con mucha energía, este hombre de tez clara, estatura baja, cara redonda y con un llamativo bigote negro, empieza su relato:

Estamos bregando a resistir aquí, a esperar una solución del Gobierno a nuestras necesidades en el agro y la minería, porque a nosotros –los mineros informales- nos han declarado ilegales por parte del Estado. Nosotros en Remedios, Nordeste de Antioquia, hacemos las dos funciones, tratamos de sostenernos por medio de la agricultura y también trabajamos la minería para poder subsistir. Al ver que nos quitan la parte económica que es la minería, ya quedamos mal por ese lado.

A nosotros nos motivó la venida acá la necesidad que tenemos de que el Gobierno nos mire, porque rotundamente se puede decir que a nosotros NO nos tienen el ojo puesto. Incluso nos vimos en la necesidad de salir a mostrarnos para que el Gobierno Nacional vea que sí tenemos necesidad.

Llegamos a Segovia el 17 de agosto, permanecimos ahí toda la noche. Unos muchachos salieron a bloquear la vía a Segovia a las 10 de la noche del día domingo 18. Los señores de la fuerza pública trataron de agredir a los muchachos, hubo un enfrentamiento, fue con piedras, y los muchachos trataron de aguantar esa presión de la policía. Incluso ahí fue que atacaron a tiros a un compañero nuestro, le fracturaron la pierna con un impacto de bala.

Allá pasamos dos días tranquilos, hubo alteraciones de orden público pero no estuvimos metidos porque también estábamos en un campamento de refugio humanitario. De allá resolvimos llegar aquí a Barbosa, con la misma necesidad de siempre –ser escuchados-, porque nos encontramos un poco más cerca a lo que es la administración departamental y queríamos tener interlocución directamente con la Gobernación.

La estadía y sus necesidades

El ambiente en el refugio es de vecindad. Las mujeres se ayudan mutuamente para cumplir con las labores de la cocina y el aseo. Las jovencitas les ayudan a sus madres, cuidan a los niños o mantienen las carpas de sus familias en orden. Los hombres y los jóvenes colaboran prestando guardia, cargando madera o haciendo diligencias.

Cuando las labores disminuyen, algunas personas se reúnen para pasar el rato conversando o incluso jugando a las cartas o al parqués. Otros, como Lexi*, simplemente se van a dormir. En su relato el labriego cuenta cómo ha pasado sus días en el refugio y cuáles son sus motivaciones para permanecer en esta protesta:

En mi casa somos tres: un hermano, mi mamá y yo. Pero mi hermana vive al lado y tiene tres niños también. Mi mamá y mi hermana se quedaron en la casa con los niños, cuidando la vivienda, y el esposo de mi hermana, mi hermano y yo estamos acá, en la lucha.

Estar aquí no es muy cómodo, porque casa es casa, pero aquí tampoco hemos sufrido tanto porque igual tenemos comida, alimento y dormida, no muy cómoda pero la tenemos. Le damos gracias a Dios que estamos muy bien y les doy fuerza y aliento a muchos colombianos que están a orillas de las carreteras. Yo sé que en este momento ellos están a la intemperie del sol, del agua, de muchas dificultades, quizá sin comida y sin donde bañarse –refiriéndose a las protestas campesinas en otras regiones del país-.

Aquí a veces uno presta guardia, a veces ayuda en la cocina, otras en el aseo y si no, se la pasa durmiendo mientras espera que el Gobierno les dé una solución a los dirigentes que están en el diálogo buscando la manera de solucionar este problema.

La idea es quedarnos hasta que nos decidan algo. De aquí no nos vamos hasta que el Estado sea el que garantice que nosotros merecemos volver a la región. Mientras tanto no vamos a volver, porque irnos sería reconocer que el Estado tiene la razón y que nosotros NO somos dueños de la tierra. Mejor dicho no seríamos colombianos.

Lo que queremos pedirle al Estado, primero que todo, es que al nosotros ser colombianos quiere decir que la tierra es nuestra. O sea, nosotros nacimos en una tierra que es de nosotros y no es de las multinacionales ni del Estado que es un administrador. Nosotros tenemos el derecho a trabajar la tierra, queremos que nos reconozcan en la tierra, que nos den títulos, que nos den garantías para trabajar y que nos dejen trabajar en nuestras labores.

Yo vivo es de la minería, la mayoría de la gente allá –en la vereda Carrizal de Remedios- vivimos de la mina. Yo igual tengo una finca y hago agricultura, pero trabajo afuera de la mina en la trituración del material y el lavado de los tanques y los cocos.

Esa es mi forma de subsistir y con eso mi hermano y yo mantenemos nuestra familia, a mi mamá, más que todo por ella es que estoy aquí. Ella es mi motivo de estar luchando por esa tierra, porque mientras ella esté viva yo lucharé para que ella tenga lo que necesite.

Abandono, la causa de muchos males

  1. La implementación de medidas y acciones frente a la crisis de la producción agropecuaria en Colombia; 2. El acceso a la propiedad de la tierra; 3. El reconocimiento a la territorialidad campesina; 4. La participación efectiva de las comunidades y los mineros pequeños y tradicionales en la formulación y desarrollo de la política minera; 5. La adopción de medidas y el cumplimiento de garantías reales para el ejercicio de los derechos políticos de la población rural; y 6. La exigencia de inversión social en la población rural y urbana en educación, salud, vivienda, servicios públicos y vías, son los seis puntos principales del pliego nacional de peticiones construido por los campesinos desde la Mesa de Interlocución Agraria (MIA)

Para Daru*, miembro de la Asociación de Campesinos de Ituango (ASCIT), en el Norte de Antioquia, la situación del campo se define en una palabra: abandono. Sin camisa y sosteniendo una toalla azul alrededor de su cuello, este labriego trigueño, de bigote canoso y tez arrugada, habló con voz fuerte sobre la situación de su municipio:

El motivo por el cual estamos en este paro es por el abandono total que tiene el Gobierno con nosotros como campesinos, donde el campesino no tiene ninguna garantía para trabajar la tierra.

Nos preocupa también que el Gobierno trate de ignorar este paro, en días pasados se pronunció diciendo que el paro agrario no existía, por eso salimos de Santa Rita –un corregimiento de Ituango- al municipio de Tarazá –Bajo Cauca Antioqueño- donde duramos 8 ó 9 días. De allá nos movilizamos hacia Barbosa donde estamos varias asociaciones campesinas, todos por la misma causa: el abandono total que hay en los campos por parte del Gobierno Nacional.

Para los campesinos no hay ninguna garantía con los productos que salen del campo, no hay unos precios justos ni sustentables, nosotros sacamos nuestras cosechas y nos toca regalarlas por lo que nos quieran dar.

Con la caña en estos momentos tenemos un problema muy grande, porque la panela que sale de nuestro municipio no tiene comercialización, solamente lo que consumamos dentro del pueblo. Entonces por ese lado estamos muy mal.

En Ituango también se cultiva café, frijol, maíz, yuca, plátano… esa es una tierra muy querida, da de todo lo que usted siembre. Pero legalmente los campesinos ya no cultivamos sino apenas para el sustento en nuestras casas, porque vale más la sacada al comercio que lo que nos dan por el producto.

El municipio muy grande, con más de 120 veredas, hay unas que están a dos y tres días de la cabecera municipal. Entonces, para la sacada de una carga de café, hay que pagar el flete de mula hasta donde lo coge la escalera para traerlo a la cabecera municipal.

Y por ejemplo, ahora hace un mes, cuando se vinieron los primeros graneos –maduración y cosecha de los primeros granos de café-, en Ituango se vendió carga de café a 315 mil pesos. Eso no es justo cuando un flete vale 80 mil y hasta 100 mil pesos. Es más rentable dejarlo caer.

Las enfermedades del campo

Retomando el problema del abandono histórico a la población rural colombiana por parte del Estado, vale la pena cerrar con un diagnóstico del comisionado de salud del refugio humanitario. En su ejercicio médico con los campesinos concentrados en Barbosa, Lero* detectó dos afecciones: desnutrición y paludismo, que bien podrían dar cuenta de la ausencia del Estado y sus programas de salud y bienestar social en algunos sectores rurales:

Aquí uno se da cuenta que las condiciones por las cuales se está realizando la protesta son absolutamente objetivas. Acá por ejemplo el 30 ó 40% de los niños indígenas vienen con problemas de desnutrición desde grave hasta aguda, de todo tipo.

Hay un caso de una muchacha indígena que tuvo un hijo, se llama Nayasa. Ella llega aquí, tiene el niño y empezamos un tratamiento por paludismo, pero en los exámenes que nos salen nos encontramos que ella tiene graves deficiencias nutricionales en todos los aspectos, una desnutrición crónica.

Al día siguiente ella nos trae al hijo mayor, tiene 12 años, se le hacen los mismos exámenes y también encontramos una desnutrición profunda. O sea, toda esa familia tiene desnutrición profunda; el niño recién nacido tiene problemas de desnutrición.

A raíz de ese caso empezamos a hacer una revisión con los niños indígenas y los niños de los campesinos y encontramos que casi el 70% de los niños campesinos de esta región tienen problemas de desnutrición.[i] Entonces uno entiende que los que producen la comida son los que están más desnutridos en el país. Eso es una muestra clara de por qué se está llevando a cabo una protesta.

Además de desnutrición, hemos encontrado sectores completos de palúdico. No sé qué está sucediendo, por ejemplo hay un sector que se llama Panamá 9 –una vereda de Remedios- de donde el 60% de las personas que han llegado acá vienen con paludismo. En este momento tenemos 38 casos de palúdico en el campamento y el 60% son de ese sector. Eso también nos demuestra la despreocupación oficial en determinados sectores.

Tal vez sin pensarlo, el largo viaje hasta el refugio humanitario de Barbosa significó para algunos la posibilidad de visitar un doctor y recibir un tratamiento médico que, posiblemente, no hubieran tenido en sus comunidades.

Pero ojalá, no resulte tan fortuita la solución a los históricos males de los campesinos, sino que esta provenga de una verdadera mejora en las políticas agrarias del Gobierno y de un compromiso real con el agro colombiano en todos los niveles del Estado. Ojalá, como dice Lexi*, todos los campesinos tuvieran oportunidades. Ojalá existiera para ellos la igualdad.

“Ojalá todos tuviéramos oportunidades. Ojalá el Estado nos brindara la oportunidad de salir al pueblo y tener donde vivir y donde comer bien, sin necesidad de mendigarle a nadie.” Lexi*