Matrimonios forzados de niñas en los campos de refugiados afganos

Report
from Médecins du Monde
Published on 01 Aug 2002
Cristina de Sierra,Coordinadora en el campo de refugiados de Quetta, Pakistán
Ante la apariencia engañosa de una vida "organizada y en familia", tuvieron que pasar seis meses para que descubriéramos la tragedia de las niñas en los campos de refugiados afganos. La barrera del idioma también impidió que lo supiéramos antes.

S. es una niña de ocho años y acude a la consulta de Médicos del Mundo por lesiones del tracto genital y hematomas en los brazos. Está casada con un hombre de cuarenta para el que es su segunda esposa. Por ella ha pagado una suma importante de dinero. La trae la suegra, encargada en esta cultura de su "protección". "Esto es normal aquí", dice la enfermera. "Nadie se asombra. Es la tradición aunque no esté permitido por la religión".

El consentimiento social es indiscutido e indiscutible: padre y madre lo deciden, lo pactan, fijan el precio y cierran el negocio. En un entorno familiar y social opresivo, donde está prohibido protestar, estas niñas se ven sometidas a verdaderas torturas físicas, mentales y emocionales. Como tortura sin duda podemos calificar un contacto sexual sistemático de un adulto con y contra una niña, protegido por un documento legal que le hace su propietario.

Esta práctica forma parte de la rutina de la sociedad rural afgana, pero se ve incrementada en los campos debido a la situación de pobreza de las familias. También conduce al aumento de la frecuencia de esta práctica la desorientación de los hombres, que pierden su rol de proveedores al ser las organizaciones internacionales que trabajamos en el campo las que suministran techo y comida a las familias. Para compensar buscan para otras formas de ejercer el poder.

Estamos frente a un episodio repetitivo de violencia sexual y de género, no efectuado por un perpetrador aislado sino sistemático y aplicado por las familias y la sociedad. Una sociedad de hombres y mujeres, madres y suegras, que aprueban un comportamiento colectivo y obstaculizan la investigación cuando intentamos profundizar en el tema.

Se nos dijo: "hablad con los lideres", pero todos son hombres y muchos han utilizado también este método para tener esposas. La sensación de t=FAnel sin salida nos asfixia también a nosotros, no solo a las niñas víctimas de este abuso. Hablamos con el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), que se hará cargo a través del Departamento de Protección, pero la jurisprudencia sobre estos casos, desconocidos hasta ahora, es a=FAn escasa.

Se dice con pesimismo que lograr cambios en este aspecto requiere muchas generaciones, sin embargo los cambios pueden producirse en un periodo de tiempo más corto si las ONG y los organismos internacionales se movilizan y aplican los programas de protección. Para eso hay que profundizar en el conocimiento y hacerlo p=FAblico. Hasta ahora sólo hemos vislumbrado la punta del iceberg.

Estos graves problemas se intentan solapar por parte de actores locales con la frase, opresora y hasta intimidatoria, del respeto a las tradiciones de la comunidad, intentando confundirlo con cultura. =BFQuién pone el limite? A=FAn no lo sabemos. Esta tarea está por hacer y, lamentablemente, el proyecto termina dentro de un mes, por lo que sólo nos queda dar la voz de alerta.

El esquema de ACNUR de prevención y protección en casos de violencia sexual y sexista no se puede aplicar, pues tiene como centro la participación comunitaria y como ya he descrito no es posible puesto que la comunidad apoya estas prácticas.

Será necesario apelar al cumplimiento de la Convención Internacional de los Derechos del Niño, que en su artículo 19 exige a los países firmantes tomar medidas apropiadas: legislativas, administrativas, sociales y educativas para proteger a los niños de la violencia física y mental, del abuso, el maltrato y la explotación.